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Carretera cobra dos vidas: el grito silencioso de Puno que nadie quiere escuchar.

 



YUNGUYO.- Un accidente en la Binacional no es solo una estadística. Es Rosa Gladys, es una compañera, es 20 años de dedicación convertidos en polvo.

En algún punto de la carretera Binacional, entre Yunguyo y Moquegua, dos mujeres dejaron de existir. Dos profesionales puneñas. Dos historias que terminaron en el asfalto. Y mientras escribo esto, me pregunto: ¿cuántas vidas más tenemos que perder en esas rutas malditas antes de que alguien grite lo suficientemente fuerte?

Rosa Gladys Arangoitia Valdivia no era una cifra en un reporte de tránsito. Era la mujer que llegó a la ADE Yunguyo en 2003, cuando eso todavía se llamaba así y se quedó. Veinte años. Dos décadas de madrugadas, de responsabilidad, de esa clase de compromiso que hoy es casi insurrecto. Tesorera, gestora, guardiana de los números y, más importante aún, guardiana de la confianza que sus compañeros depositaban en ella cada mañana.

Pero aquí viene lo que duele de verdad: Rosa Gladys no murió en su escritorio, rodeada de papeles y de la rutina que la definió. Murió en una carretera que todos conocemos. Una carretera que mata. Una carretera que sigue matando mientras nosotros escribimos comunicados institucionales y guardamos luto en redes sociales.

La UGEL Yunguyo, institución que Rosa Gladys sirvió durante más de dos décadas, redactó un comunicado hermoso, emotivo, lleno de palabras sobre "legado" y "vacío visible". Y está bien. Está bien honrar a quien se fue. Pero, ¿y después qué? ¿Después de las flores, después de las palabras bonitas, después de que el dolor se vuelva rutina?

Porque la verdad incómoda es esta: Rosa Gladys no fue víctima de un accidente. Fue víctima de un sistema que permite que carreteras asesinas sigan funcionando como si nada. Fue víctima de la negligencia institucional, de presupuestos que nunca llegan, de señalización que no existe, de velocidades que nadie controla, de conductores que manejan como si fueran inmortales.

Y no estoy siendo dramático. Estoy siendo honesto.

En Puno, en Moquegua, en todo el sur peruano, la carretera Binacional es un cementerio con asfalto. Cada año, decenas de personas mueren allí. Profesionales, padres, madres, hijos. Gente que se despierta por la mañana sin saber que no volverá a casa. Y mientras tanto, los comunicados fluyen. Las condolencias se multiplican. Y la carretera sigue cobrando vidas.

Lo que me molesta y lo digo sin filtro es la hipocresía de las autoridades en la Región Moquegua. Porque sí, Rosa Gladys merece ser recordada. Merece que se hable de sus 20 años, de su dedicación, de cómo fue una guía para sus compañeros. Eso es verdad y es hermoso. Pero también merece que su muerte signifique algo más que un párrafo.

Merece que su muerte sea el punto de quiebre. El momento en que alguien con poder, con presupuesto, con autoridad diga: "Basta. No más. Vamos a arreglar esa carretera. Vamos a poner señales. Vamos a controlar velocidades. Vamos a hacer que las familias puneñas dejen de despedirse de sus seres queridos en una ruta maldita."

Pero no pasará. Lo sabemos. Porque en el Perú, la muerte de dos profesionales en una carretera es noticia por un día. Mañana habrá otra noticia. Pasado mañana, otra. Y la carretera seguirá allí, hambrienta, esperando su próxima víctima.

Rosa Gladys Arangoitia Valdivia se merece más que eso. Se merece que su nombre no sea solo un recuerdo, sino un llamado de atención. Un grito. Una exigencia.

Porque mientras escribimos bonitas palabras sobre su legado, hay otras Rosa Gladys viajando por esa carretera en este mismo momento. Y no sabemos si llegarán a casa.

Descansa en paz, Rosa Gladys. Y que tu partida no sea en vano.

 


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