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Keiko y Sanchez en la Segunda Vuelta: La ilusión de la democracia: entre falsos candados y urnas vacías.


LIMA.-


Perú, ese rincón de Sudamérica donde la política se ha convertido en una tragicomedia de enredos, traiciones y promesas incumplidas, ha vuelto a ofrecer su más reciente espectáculo: elecciones generales que, como buen circo, dejan más dudas que certezas, más sospechas que resultados sólidos. Y en medio del caos, el conteo rápido de Ipsos, ese siniestro satélite de la transparencia oficial, ha anunciado que la reina de las mascaradas, Keiko Fujimori, lidera con un 17.1% de los votos válidos, con el brillo de quien sabe que, en un país de mándalas y dobleces, ese liderazgo es tan sólido como un castillo de naipes en medio de una brisa.

Pero, ay, mis queridos espectadores, no se emocionen todavía. La verdadera comedia comienza cuando al mirar el segundo lugar, ese puesto que, según el antojo, debería definir quién entrará en la controversial segunda vuelta, encontramos un empate técnico —ese término tan cómodo que, en realidad, solo significa que ningún pronóstico hasta ahora vale un centavo. ¿Roberto Sánchez con 12.4%? ¿Rafael López Aliaga con 11.3%? ¿Jorge Nieto con 10.7%? La diferencia, menos que el dedo meñique, aún no permite lanzar el confeti ni preparar la ceremonia de coronación para algún favorito. Y mientras tanto, Alfredo Torres, presidente de Ipsos, con esa cara de “todo puede cambiar en la próxima jugada”, nos recuerda que la historia todavía no está escrita en piedra, sino en papel de estraza y actas que se mueven en una danza caótica de cifras y regiones.

¿Y qué hay del apoyo popular?

El público, ese que todavía cree en su voto como el acto supremo de la democracia, ha participado con un 81.3% de entusiasmo, quizás más por hartazgo que por esperanza. Pero ojo, que entre los votos, un 9.7% fueron votos en blanco y un 4.1% votos nulos, es decir, casi un 14% del pacto social que, en realidad, con su silencio y su “mejor no”, dejan claro que la legitimidad de este sistema está en entredicho. La gente vota, sí, pero también se aburre, se indigna y, en muchos casos, se rinde.

Y, en cuanto a las regiones, más clara que el cielo en Lima en invierno, la división entre los que apoyan a Fujimori en la capital y en el norte, frente a los que se dejan seducir por Sánchez en el interior del país, muestra con crudeza cómo la geografía se ha convertido en esa línea de batalla que escapa a toda lógica democrática. La sierra y la selva, ese Perú profundo y olvidado, parecen llevar la delantera con Sánchez, quien logra un 33.8% en zonas rurales, mientras que en la urbanidad, la redención parece estar en manos de López Aliaga, ese rabioso de la derecha, que en Lima logra casi un 20%. La verdadera lucha, esa que no aparece en las encuestas, es la que se libra en las calles y en cada rincón desconocido del país.

¿Y qué dice la autoridad?

El peso pesado de la fachada institucional, ONPE, no cesa en su labor de suministrar datos en línea, en tiempo real, mientras la realidad en la calle sigue siendo más intrigante que una novela de García Márquez. Apenas un 34.447% de las actas han sido contabilizadas, y el resto, ese vasto mar de incertidumbre, aún está en tierra de nadie. La logística, esa vieja enemiga que siempre se interpone en las democracias latinoamericanas, ha puesto a prueba la paciencia de todos, entre retrasos, improvisaciones y largas jornadas de voto.

Y en medio de este caos, el presidente de Transparencia, Álvaro Henzler, con esa voz de voz de “no pasa nada”, nos asegura que no hay fraude, que todo ha sido transparente, que los votos se han contado en las pailas de la legalidad. Pero todos sabemos que en política, y más en Perú, la sombra del fraude es tan vieja como el propio Fujimorismo, ese clásico de la político-phantasmagoría que vuelve a resurgir como ave fénix en cada elección.

¿De qué sirve entonces el conteo rápido?

Pues, en realidad, solo sirve para enseñarnos cuán frágil es el espejismo democrático en estas tierras andinas. La elite política, esa que no se cansa de jugar con las reglas del juego y de cambiar las reglas cuando les conviene, continúa desempolvando los viejos trucos del oficio. Mientras tanto, los observadores nacionales e internacionales se aferran a sus votos y actas, como testigos de un teatro donde la transparencia es solo una cortina de humo, y la realidad, esa sí, mucho más perversa y desilusionante.

Y la política, esa danza de la ambición y la traición

Keiko, esa figura que tanto ha dividido y debilitado el poco espíritu de resistencia en este país, sigue siendo la dueña del escenario, aunque su corona sea de cartón piedra y su legitimidad, más frágil que un vaso de licor en una noche de borrachera. En las entrañas del sistema, todos saben que la segunda vuelta es solo una ilusión, una especie de limbo donde se decide quién, de entre estos personajes de teatro trágico, tendrá el honor de seguir atravesando la puerta giratoria de la discordia.

Y qué decir de Roberto Sánchez, ese outsider que despierta cierto optimismo en las zonas más olvidadas, pero que, en realidad, sigue siendo solo otra pieza en ese tablero de ajedrez donde los grandes siguen moviendo las piezas a su antojo. La derrota y la victoria, en Perú, parecen ser solo dos caras de la misma moneda: una para los que tienen el poder, otra para los que creen que votan, y ambas con el mismo final: un país que, en su desesperanza, solo desea que alguien, cualquiera, los saque de la cárcel de esta democracía inversionista y corrupta.

¿Y qué viene ahora?

Viene la larga espera, esa que huele a incertidumbre y que, en realidad, confirma que el país siempre ha sido uno de esos grandes espejismos donde el fuego y la ceniza coexisten en un equilibrio precario. La ilusión oficial se manipula, la participación ciudadana se puede comprar con un regalo o con un discurso, y la transparencia parece un sueño imposible en un país donde los políticos, cual bandoleros, se roban la esperanza con una sonrisa.

Perú, ese país que manda a su gente a votar como si fuera un acto de fe y no de racionalidad, sigue en esa espiral de desconfianza, en esa vorágine de promesas rotas y de instituciones que pareciere que solo existen para legitimar el caos. La segunda vuelta, esa posible redención o más bien, esa nueva oportunidad de que las maquinarias sigan funcionando sin ningún arrepentimiento, será probablemente solo otra función de un teatro donde el público, esa masa de ciudadanos cansados, solo quiere que acabe el show, sin importar quién gana, quién pierde o quién mira desde la banca.

Porque, al final, en este Perú de enredos y contradicciones, la política parece una broma de mal gusto, una tragicomedia donde los protagonistas, en su mayoría, no saben ni cómo salir del escenario sin que les caiga la pelota en el pecho. Y nosotros, pueblo paralizado por la impotencia, solo podemos mirar el espectáculo, entre risas y lágrimas, preguntándonos si alguna vez, en esta tierra de tantas promesas, habrá un final feliz.

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